Un ponche, por favor

Era común ver en las calles de Quito a grupos de optimistas vestidos con camisas celestes,
pantalones negros, gorros de marinero y delantales blancos impolutos. Recorrían las avenidas gritando a voces una misma frase ponche, ponche, ponche… una y otra vez de forma incansable y con la voz bien templada. Para ellos era la mejor estrategia de marketing para publicitar su producto. Estos personajes populares de la urbe con el tiempo han ido desapareciendo, puesto que los gustos de sus mejores clientes, los niños, han cambiado de forma drástica. Ahora prefieren los dulces altos en grasas, azúcares y desconocen de los dulces tradicionales de su ciudad natal.


El ponche guarda con recelo su preparación más de 200 años. Es una tradición que ha pasado de padres a hijos, conjuntamente con las herramientas de trabajo, siendo la más indispensable el barril generalmente de cobre que va empotrado a un carro en forma de carretilla. Aunque por esta ocasión nos hemos infiltrado en el bargueño donde esconden la receta del tan famoso peregrino espumoso. El secreto dicta que hay que mezclar huevos, cerveza o pony malta, azúcar y esencia de vainilla; todos los ingredientes se licúan y se los sirve con un jarabe de mora o de frutos del bosque, dando como resultado una bebida espumosa, exquisita con un toque ligero a cebada y con un perfume atrayente e inigualable que le otorga la vainilla.
En definitiva, el ponche es un regalo de la tradición quiteña, que se ha mantenido hasta nuestros tiempos por el sacrificado y poco reconocido trabajo de los poncheros, que con constancia han sostenido viva esta bebida que a tantos nos fascina. Dejemos de hablar del
ponche, y mejor vamos por uno.


¡Hey! Un ponche por favor.

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